La Biblia habla de las cosas
que nada valen y nos aconseja que no desperdiciemos nuestros recursos tratando de obtenerlas. Así, en
Proverbios 12:11
leemos: “El que cultiva su terreno quedará satisfecho él mismo con pan,
pero el que sigue tras cosas que nada valen es falto de corazón”. No es
difícil entender a qué se refiere este versículo: si un hombre trabaja
duro para mantener a su familia, es muy probable que alcance cierto
grado de seguridad económica (
1 Tim. 5:8).
En cambio, si desperdicia sus recursos intentando conseguir cosas que
nada valen, está dando prueba de que es “falto de corazón”, es decir, de
que carece de buen juicio y buenos motivos. Lo más seguro es que tal
hombre termine en la pobreza.
Traslademos ahora el
principio de este proverbio al campo de la adoración. Si un cristiano
sirve con fidelidad y diligencia a Jehová, goza de verdadera seguridad,
pues cuenta con la bendición divina y con una esperanza sólida para el
futuro (
Mat. 6:33; 1 Tim. 4:10).
Pero si deja que las cosas que nada valen lo distraigan, pone en
peligro su relación con Jehová y su futuro eterno. ¿Cómo puede evitarlo?
Identificando esas cosas sin valor y resolviéndose a rechazarlas
(léase Tito 2:11, 12).
¿Cuáles
son, entonces, las cosas que nada valen? En un sentido amplio,
cualquier cosa que nos distraiga y haga que dejemos de servir a Jehová
con toda el alma. Podría tratarse, por ejemplo, de las diversiones.
Claro, todos necesitamos divertirnos de vez en cuando. Lo que sucede es
que si pasamos demasiado tiempo haciendo cosas divertidas, seguramente
terminaremos sacrificando las actividades espirituales. En tal caso, el
esparcimiento se convertiría en una cosa que nada vale y perjudicaría
nuestra salud espiritual (
Ecl. 2:24; 4:6). Para evitar que eso nos ocurra, tenemos que ser equilibrados y no desperdiciar nuestro valioso tiempo
(léase Colosenses 4:5).
Ahora bien, hay otras cosas inútiles que son mucho más peligrosas que
la diversión excesiva. Entre ellas están los dioses falsos.
Cabe
destacar que la expresión “que nada valen” califica a los dioses falsos
en la mayoría de los versículos bíblicos en los que aparece. Veamos
algunos casos. Jehová les dijo a los israelitas: “No deben hacerse
dioses que nada valen, y no deben erigirse una imagen tallada ni una
columna sagrada, y no deben colocar una piedra como obra de exhibición
en su tierra para inclinarse hacia ella” (
Lev. 26:1).
Y el rey David escribió: “Jehová es grande y ha de ser alabado en gran
manera, y se le ha de temer más que a todos los demás dioses. Porque
todos los dioses de los pueblos son dioses que nada valen. En cuanto a
Jehová, él hizo los cielos” (
1 Cró. 16:25, 26).
A nuestro alrededor abundan las pruebas de la grandeza de Jehová, tal como indicó David (
Sal. 139:14; 148:1-10).
¡Qué honor fue para los israelitas que el Creador hiciera un pacto con
ellos! ¡Y qué insensatos fueron al alejarse de él e inclinarse ante
imágenes talladas y columnas sagradas! En tiempos de crisis quedó
demostrado que sus dioses falsos eran completamente inútiles. Si estos
ni siquiera pudieron salvarse a sí mismos, ¿cómo iban a salvar a sus
adoradores? (
Jue. 10:14, 15; Isa. 46:5-7.)
Hoy
día, en muchos países la gente aún se inclina ante imágenes hechas por
el hombre, pero estos dioses son tan inútiles ahora como lo fueron en el
pasado (
1 Juan 5:21).
Ahora bien, la Biblia habla asimismo de otro tipo de dioses. Recordemos
estas palabras de Jesús: “Nadie puede servir como esclavo a dos amos;
porque u odiará al uno y amará al otro, o se apegará al uno y
despreciará al otro. No pueden ustedes servir como esclavos a Dios y a
las Riquezas” (
Mat. 6:24).

¿Cómo
podrían convertirse las riquezas en un dios? Pongamos una comparación.
Pensemos en una piedra de buen tamaño que alguien encuentra en un campo
del antiguo Israel. Esa piedra podría ser útil en la construcción de
una pared o de una casa. Pero si se usara como “columna sagrada” o como
“obra de exhibición” con fines idolátricos, se convertiría en un
tropiezo para el pueblo de Jehová (
Lev. 26:1).
De igual modo, el dinero es útil hoy día. Lo necesitamos para subsistir
y, además, podemos darle un buen uso en el servicio a Jehová (
Ecl. 7:12; Luc. 16:9). Pero si lo ponemos por encima de las actividades cristianas, podría convertirse en nuestro dios
(léase 1 Timoteo 6:9, 10).
En el mundo actual, la búsqueda de riquezas ocupa un lugar primordial
en la vida de la gente. Por eso debemos esforzarnos por ver el dinero de
manera equilibrada (
1 Tim. 6:17-19).
La
educación académica es otro ejemplo de algo útil que puede convertirse
en una de las cosas que nada valen. Todos queremos que nuestros hijos
reciban una buena educación para que puedan abrirse paso en la vida.
Y más importante aún es que con tal educación estarán mejor preparados
para leer y comprender las Escrituras, llegar a conclusiones lógicas,
resolver problemas y enseñar las verdades bíblicas de una manera clara y
convincente. Obtener una buena educación exige tiempo, pero es tiempo
bien invertido.

¿Y
qué se puede decir de la educación superior que se imparte en las
universidades? Mucha gente cree que es imprescindible para alcanzar el
éxito. No obstante, un buen número de jóvenes que estudian en la
universidad terminan con la mente llena de ideas nocivas. Además, en el
caso de los cristianos, se desperdician años valiosos de la juventud que
podrían emplearse mejor sirviendo a Jehová (
Ecl. 12:1).
No parece coincidencia que en los países en los que es común que la
gente curse estudios superiores se crea cada vez menos en Dios. Por eso,
en vez de buscar seguridad en los sistemas de educación avanzada de
este mundo, los cristianos depositamos nuestra confianza en Jehová (
Pro. 3:5).
En
su carta a los Filipenses, Pablo señaló otra cosa que podría
convertirse en un dios. El apóstol dijo lo siguiente de algunos
conocidos suyos que habían abandonado el cristianismo: “Hay muchos
—solía mencionarlos frecuentemente, pero ahora los menciono también
llorando— que andan como enemigos del madero de tormento del Cristo, y
su fin es la destrucción, y
su dios es su vientre, [...] y tienen la mente puesta en las cosas de la tierra” (
Fili. 3:18, 19). ¿Por qué dijo Pablo que el vientre de aquellas personas había llegado a ser su dios?
Porque
al parecer permitieron que los placeres carnales eclipsaran su servicio
a Jehová. Es probable que algunos de ellos comieran y bebieran en
exceso, hasta el grado de caer en la glotonería y la borrachera (
Pro. 23:20, 21; compárese con
Deuteronomio 21:18-21).
Otros quizás hayan decidido aprovechar al máximo las oportunidades que
ofrecía el mundo de aquel entonces y hayan dejado de servir a Dios. Que
no sea así en nuestro caso: nunca permitamos que el deseo de disfrutar
de lo que llaman “la buena vida” nos haga aflojar el paso en el servicio
que le damos a Jehová con toda el alma (
Col. 3:23, 24).

Pablo
mencionó otra cosa que constituye adoración falsa. Él escribió:
“Amortigüen, por lo tanto, los miembros de su cuerpo que están sobre la
tierra en cuanto a fornicación, inmundicia, apetito sexual, deseo
perjudicial y
codicia, que es idolatría” (
Col. 3:5).
La codicia es un deseo excesivo de poseer algo, como bienes materiales.
También puede incluir el deseo de disfrutar de placeres sexuales
inmorales (
Éxo. 20:17).
Pablo indicó que tales deseos equivalen a idolatría, es decir, a la
adoración de dioses falsos. ¿Verdad que se trata de un asunto serio?
Jesús empleó una impactante metáfora para señalar la necesidad de
controlar a toda costa los malos deseos (
léase Marcos 9:47; 1 Juan 2:16).

Entre
las cosas que nada valen se incluyen las palabras. Así lo destacó
Jehová cuando dijo lo siguiente a Jeremías: “Falsedad es lo que los
profetas están profetizando en mi nombre. Yo no los he enviado, ni les
he ordenado ni les he hablado. Una visión falsa y adivinación y
una cosa que nada vale y la artimaña de su corazón es lo que ellos les están hablando proféticamente” (
Jer. 14:14).
Aquellos falsos profetas afirmaban que eran voceros de Jehová, pero lo
que hacían era promover sus propias ideas. Por tal razón, sus palabras
no valían nada; lo que es más, representaban una amenaza para la
espiritualidad del pueblo. En el año 607 antes de nuestra era, muchas de
las personas que hicieron caso a tales palabrerías murieron
violentamente a manos de los soldados babilonios.

¿Cuáles
son algunas de las palabras sin valor que se escuchan hoy día? Pues
bien, algunos científicos sostienen que la teoría de la evolución y los
descubrimientos de la ciencia demuestran que ya no es necesario creer en
Dios, que todo se puede explicar recurriendo a los procesos naturales.
¿Deberían preocuparnos estas arrogantes afirmaciones? Desde luego que
no. La sabiduría humana no se iguala a la divina (
1 Cor. 2:6, 7). Por eso sabemos que cuando hay un conflicto entre lo que Dios ha revelado y las enseñanzas humanas, son
siempre estas últimas las que están equivocadas
(léase Romanos 3:4).
A pesar del progreso de la ciencia en diversos campos, la afirmación
que hace la Biblia sobre la sabiduría humana sigue siendo cierta: “La
sabiduría de este mundo es necedad para con Dios”. En comparación con la
infinita sabiduría divina, el pensamiento humano es vano, inútil (
1 Cor. 3:18-20).

También
los líderes religiosos de la cristiandad profieren palabras inútiles.
Aseguran que hablan en nombre de Dios, pero la mayoría de sus
afirmaciones no se basan en las Escrituras. Lo que dicen no tiene, en
esencia, ningún valor. Los apóstatas son otro grupo que habla palabras
sin valor. Según ellos, saben mucho más que “el esclavo fiel y discreto”
nombrado por el Amo (
Mat. 24:45-47).
Pero en realidad, los apóstatas promueven sus propias ideas. De ahí que
sus palabras tampoco valgan nada; son una piedra de tropiezo para todo
el que les presta oído (
Luc. 17:1, 2). ¿Cómo podemos evitar que nos descarríen?

El anciano apóstol Juan dio un consejo muy oportuno sobre este asunto
(léase 1 Juan 4:1).
En armonía con ese consejo, siempre animamos a la gente del territorio a
comprobar si sus creencias se basan en lo que enseña la Biblia.
Nosotros debemos hacer una comprobación similar. Si alguien nos hace un
comentario que pone en duda las verdades bíblicas o el buen nombre de la
congregación, de los ancianos o de cualquier otro hermano, no le
creemos así porque sí. Más bien, nos preguntamos: “¿Está actuando
conforme a lo que dice la Biblia la persona que difunde dicho
comentario? ¿Fomentan sus palabras los intereses del Reino? ¿Promueven
la paz en la congregación?”. Cualquier comentario que derrumbe a los
hermanos en vez de edificarlos es una cosa que nada vale (
2 Cor. 13:10, 11).
También
los ancianos tienen presente la advertencia contra las palabras sin
valor. Cuando es necesario dar consejo, recuerdan que tienen
limitaciones, por lo que no se atreven a basarse en sus propios
conocimientos. Saben que deben recurrir siempre a la Biblia, pues Pablo
dio esta regla: “No [hay que ir] más allá de las cosas que están
escritas” (
1 Cor. 4:6).
De modo que los ancianos no van más allá de lo que está escrito en la
Biblia ni, por extensión, de lo que está escrito en las publicaciones
bíblicas preparadas por el esclavo fiel y discreto.
Las cosas que
nada valen —sean dioses falsos, palabras u otras cosas— hacen mucho
daño. Por eso, siempre le pedimos a Jehová que nos guíe para que podamos
reconocerlas y rechazarlas. De este modo, hacemos nuestras las
siguientes palabras del salmista: “Haz que mis ojos pasen adelante para
que no vean lo que es inútil; consérvame vivo en tu propio camino” (
Sal. 119:37).

FUENTE:
http://wol.jw.org/es/wol/d/r4/lp-s/2008281