domingo, 28 de diciembre de 2014

¿ QUE ES EL NUEVO MUNDO ?



“El nuevo mundo.” Al oír esas palabras, ¿acuden a nuestra mente imágenes de las bendiciones materiales predichas en la Biblia? Un cuerpo perfecto, alimento nutritivo en abundancia, animales mansos, vivienda segura... Hasta podemos citar pasajes que respaldan tales expectativas. Sin embargo, no olvidemos esta otra bendición: la salud espiritual y emocional. Sin ella, todos los demás deleites pronto se esfumarían.
Así será el futuro Paraíso terrestre
Los muertos serán resucitados: “Todos los que están en las tumbas conmemorativas oirán su voz y saldrán” (Juan 5:28, 29).
Ya no habrá vejez, enfermedades ni muerte: “Ningún residente dirá: ‘Estoy enfermo’” (Isaías 33:24). Dios “limpiará toda lágrima de sus ojos, y la muerte no será más, ni existirá ya más lamento ni clamor ni dolor” (Revelación 21:4).
La comida será sana y abundante: “La tierra misma ciertamente dará su producto; Dios, nuestro Dios, nos bendecirá” (Salmo 67:6).
Habrá casas dignas y trabajo satisfactorio: “Edificarán casas, y las ocuparán; [...] la obra de sus propias manos mis escogidos usarán a grado cabal” (Isaías 65:21, 22).
Desaparecerán la violencia, el crimen y las guerras: Jehová “hace cesar las guerras hasta la extremidad de la tierra” (Salmo 46:9). “En cuanto a los inicuos, serán cortados de la mismísima tierra.” (Proverbios 2:22.)

Sálganse de ella, pueblo mío



Y oí otra voz procedente del cielo decir: “Sálganse de ella, pueblo mío, si no quieren participar con ella en sus pecados, y si no quieren recibir parte de sus plagas. (Revelación o Apocalipsis 18:4)

En una carta que escribió en la segunda mitad del siglo I, el apóstol Pablo advirtió a los cristianos de un serio peligro. “Cuidado —dijo—: quizás haya alguien que se los lleve como presa suya mediante la filosofía y el vano engaño según la tradición de los hombres.” (Colosenses 2:8.)

Si deseas conocer más sobre este tema mira los siguientes enlaces:

http://wol.jw.org/es/wol/d/r4/lp-s/102011451
http://wol.jw.org/es/wol/d/r4/lp-s/1102005161#h=0:0-8:0

Obedecer no está de moda


Muchas personas ni siquiera se plantean si está bien o mal actuar de cierto modo, sino que hacen lo que les apetece o lo que les conviene. Esta actitud se ve en los conductores que cometen infracciones, los inversores que violan las leyes financieras y los altos funcionarios que burlan las leyes que incluso ellos mismos han contribuido a implantar. En los días de Jeremías también era común lanzarse al “proceder popular”, a sabiendas de que era incorrecto y perjudicial (Jer. 8:6).
Nosotros sabemos que quienes desean obtener el favor del Todopoderoso no pueden sencillamente seguir el “proceder popular”. ¿Por qué merece Jehová nuestra total obediencia? Jeremías aporta una razón llamándolo “el Hacedor de la tierra por su poder, Aquel que firmemente estableció la tierra productiva por su sabiduría” (Jer. 10:12). En efecto, Jehová es el Soberano del universo, y debemos temerle por encima de todos los demás gobernantes. Él posee el derecho absoluto a esperar que cumplamos con sus sabios mandamientos, que al fin y al cabo son para nuestro beneficio (Jer. 10:6, 7).
Jehová no es únicamente el Gobernante Universal, sino el Sustentador de la vida, nuestra vida. A los contemporáneos de Jeremías no les quedó ninguna duda al respecto. Mientras que Egipto dependía muchísimo de las aguas del Nilo, la Tierra Prometida dependía en gran manera del agua de las lluvias estacionales, que sus habitantes almacenaban en cisternas subterráneas (Deu. 11:13-17). Solo Jehová era capaz de hacer llover y empapar el suelo para que produjera. Por otro lado, él también podía retener las tan ansiadas lluvias. De ahí que en los días de Jeremías, los desobedientes judíos sufrieran una serie de sequías devastadoras que dejaron resecos sus campos, viñas, pozos y cisternas (Jer. 3:3; 5:24; 12:4; 14:1-4, 22; 23:10).
Aunque los judíos estimaban mucho el agua literal, rechazaron el “agua viva” que Jehová les ofrecía en abundancia. Lo demostraron desobedeciendo deliberadamente la Ley divina y aliándose con otras naciones. Llegaron a ser como alguien que durante una sequía guarda la poca agua que tiene en una cisterna rota, así que sufrieron las consecuencias (léanse Jeremías 2:13 y 17:13). Nosotros no tenemos por qué actuar como ellos y acarrearnos la ruina. Jehová continúa regalándonos abundancia de “agua viva”, es decir, la guía de su Palabra inspirada; pero solo nos beneficiaremos de ella si la estudiamos y procuramos seguirla.
Jehová se valió de Jeremías para exhortar reiteradamente a su pueblo con palabras como estas: “Vuélvanse, por favor, cada uno de su camino malo, y hagan buenos sus caminos y sus tratos” (Jer. 7:3; 18:11; 25:5; léase Jeremías 35:15).

¿Le importan a Dios los animales?



La vida animal corre peligro. Muchos científicos creen que las especies se están extinguiendo a un ritmo muy acelerado, una de las trágicas consecuencias de la invasión humana. A este sombrío panorama se suman la producción industrial de alimentos, los deportes crueles y el insensible abandono de mascotas.
Algunos opinan que este es el precio inevitable que hay que pagar por el progreso. Pero ¿es eso lo que Dios quería? ¿Ha abandonado él a los animales para que sufran a manos del hombre? ¿Cómo sabemos que le importan?
Tras crear los peces, las aves y los animales terrestres, Dios se manifestó muy complacido: “Llegó a ver que [todo] era bueno”, afirma la Biblia (Génesis 1:21, 25). Tales criaturas, desde la más pequeña hasta la más grande, eran objeto de su interés y amor. Él no solo las hizo “instintivamente sabias”, sino que les dio lo necesario para que medraran en su ambiente. Como bien dijo un escritor: “Todos [los animales] te siguen esperando para que les des su alimento a su tiempo. Lo que les das, ellos lo recogen. Abres tu mano... se satisfacen con cosas buenas” (Proverbios 30:24; Salmo 104:24, 25, 27, 28).
Adán empezó a ponerles nombre a los animales, fue porque Jehová le concedió ese privilegio; además, él lo ayudó trayéndole los animales para ver cómo los llamaría (Génesis 2:19). Solo siguiendo la guía divina podría el hombre cumplir la misión de cuidar de los animales.
La Biblia dice: “El justo está cuidando del alma de su animal doméstico, pero las misericordias de los inicuos son crueles” (Proverbios 12:10).
Dios dio a la nación de Israel leyes que se ocupaban del bienestar de los animales. El establecimiento del sábado como día semanal de descanso también los beneficiaba a ellos porque podían reposar (Éxodo 23:12). Es significativo que aun cuando no estaba permitido realizar ningún trabajo ese día sagrado, sí había que socorrer a cualquier animal que estuviera en apuros (Lucas 14:5). Dios también indicó que no se debía impedir que un buey comiera mientras trillaba el grano, y a las bestias de carga no se las debía sobrecargar (Éxodo 23:5; Deuteronomio 25:4). Asimismo, estaba prohibido atar al yugo un buey y un asno para evitar que uno de los dos se lastimara (Deuteronomio 22:10). La Biblia enseña, pues, que hay que tratar a los animales con consideración, respeto y compasión.
Mucha gente solo vela por sus intereses y es indiferente al daño que pueda causar a los animales, pero Dios se compadece de ellos.
Queda claro que Dios no es insensible al trato que se da a los animales. Su amado Hijo, Jesús, dijo que ni un gorrión cae a tierra sin el conocimiento de su Padre (Mateo 10:29). Por el contrario, los humanos no comprenden plenamente el efecto de sus actos en el medioambiente, aunque tengan las mejores intenciones.
Para que haya un sistema de administración que proteja la fauna y la flora, tiene que darse primero un cambio en el modo de pensar de la humanidad.
Felizmente, la Biblia habla del tiempo en que bajo el Reino de Dios, “la tierra ciertamente estará llena del conocimiento de Jehová” (Isaías 11:9). Así, las personas obedientes contarán con la preparación necesaria para administrar bien la Tierra. La influencia del Creador garantizará la convivencia armoniosa entre el hombre y las bestias, restaurando las condiciones que existían originalmente.
La Biblia describe con estas palabras la transformación que tendrá lugar: “El lobo realmente morará por un tiempo con el cordero, y el leopardo mismo se echará con el cabrito, y el becerro y el leoncillo crinado y el animal bien alimentado todos juntos; y un simple muchachito será guía sobre ellos. Y la vaca y la osa mismas pacerán; sus crías se echarán juntas. Y hasta el león comerá paja justamente como el toro. Y el niño de pecho ciertamente jugará sobre el agujero de la cobra; y sobre la abertura para la luz de una culebra venenosa realmente pondrá su propia mano un niño destetado”. ¡Qué perspectiva tan gloriosa se ofrece ante nuestros ojos! (Isaías 11:6-8.)

¿ QUE ES EL NUEVO MUNDO QUE MENCIONA LA BIBLIA ?

“Dios [será] todas las cosas para con todos.” (1 COR. 15:28)
¿Qué significará para usted el cumplimiento de estas promesas bíblicas?
Miqueas 4:4
Isaías 11:6-9
Juan 5:28, 29
¿Se imagina usted todo lo que un gobierno poderoso con un rey justo y compasivo podría hacer por sus súbditos en mil años? Pues bien, ese es el emocionante futuro que les aguarda a los incontables miembros de la “gran muchedumbre” tras sobrevivir a “la gran tribulación” que pondrá fin a este malvado sistema de cosas (Rev. 7:9, 14).
Los seis mil años de historia en los que el ser humano se ha gobernado a sí mismo han estado plagados de dolor y sufrimiento. Hace mucho tiempo, la Biblia declaró: “El hombre ha dominado al hombre para perjuicio suyo” (Ecl. 8:9). Y eso es justo lo que vemos hoy día: guerras, revueltas y problemas devastadores como la pobreza, las epidemias, la destrucción del medio ambiente y el cambio climático. Numerosos mandatarios han asegurado que si no cambiamos radicalmente nuestra actitud, las consecuencias serán desastrosas.
Durante el gobierno mesiánico de Jesucristo y los 144.000, el Reino de Dios irá remediando todo el daño que han sufrido los seres humanos y su hogar, el planeta Tierra. Bajo el Reinado de Mil Años se cumplirá esta alentadora promesa de Jehová: “Voy a crear nuevos cielos y una nueva tierra; y las cosas anteriores no serán recordadas, ni subirán al corazón” (Is. 65:17). ¿Qué maravillosos acontecimientos tendrán lugar en ese entonces? Aunque aún no podemos contemplarlos, las profecías de la Palabra de Dios nos dejan entrever “las cosas [...] que no se ven” todavía (2 Cor. 4:18).
“EDIFICARÁN CASAS, Y [...] PLANTARÁN VIÑAS”
¿A quién no le gustaría tener su propia casa, un lugar donde su familia pueda sentirse segura? Sin embargo, el mundo actual se enfrenta a una enorme crisis de vivienda. Las grandes ciudades están abarrotadas, y muchos de sus habitantes se las arreglan como pueden malviviendo en barrios pobres en condiciones míseras. Para estas personas, la idea de poseer un hogar digno no es más que un sueño.
Bajo el Reino, todo el mundo verá cumplido su deseo de poseer un hogar, pues Isaías profetizó: “Edificarán casas, y las ocuparán; y ciertamente plantarán viñas y comerán su fruto” (Is. 65:21). Claro está, hoy día hay personas que ya disponen de una casa, y algunos incluso de una gran propiedad o una mansión. Pero siempre existe el miedo de perderla por problemas económicos o el de sufrir el asalto de un ladrón o algo peor. El Reino de Dios también eliminará esas preocupaciones, pues el profeta Miqueas escribió: “Se sentarán, cada uno debajo de su vid y debajo de su higuera, y no habrá nadie que los haga temblar” (Miq. 4:4).
¿Cómo debe influir en nosotros esta magnífica esperanza? Por supuesto, todos necesitamos una vivienda digna. Pero en lugar de afanarnos ahora por conseguir la casa de nuestros sueños —y quizá endeudarnos hasta el cuello—, ¿no sería más lógico concentrarnos en la promesa de Jehová? Refiriéndose a sí mismo, Jesús dijo: “Las zorras tienen cuevas y las aves del cielo tienen donde posarse, pero el Hijo del hombre no tiene donde recostar la cabeza” (Luc. 9:58). Jesús contaba con la capacidad y los conocimientos necesarios para construir o comprar la mejor vivienda imaginable. ¿Por qué no lo hizo? Sin duda, porque no quería distraerse ni enredarse en nada que le hiciera relegar el Reino a un segundo plano. ¿Podemos imitar su ejemplo y mantener el ojo sencillo, evitándonos los enredos y preocupaciones que conlleva el materialismo? (Mat. 6:33, 34.)
“EL LOBO Y EL CORDERO [...] PACERÁN COMO UNO SOLO”
Cuando Jehová hizo la Tierra, hizo a los seres humanos —su obra cumbre— en último lugar. ¿Cuál era su voluntad para ellos? Jehová la expresó cuando le dijo a su Primogénito, su Obrero Maestro: “Hagamos al hombre a nuestra imagen, según nuestra semejanza, y tengan ellos en sujeción los peces del mar y las criaturas voladoras de los cielos y los animales domésticos y toda la tierra y todo animal moviente que se mueve sobre la tierra” (Gén. 1:26). En efecto, Dios dispuso que Adán, Eva y el resto de la humanidad dominaran a los animales.
¿De verdad es posible que los seres humanos dominen a todos los animales y estén en paz con ellos? Muchas personas tienen una relación muy estrecha con sus perros, gatos y otras mascotas. Pero ¿qué hay de los animales salvajes? Un estudio señala: “Los científicos que viven cerca de ellos y los estudian han descubierto que los mamíferos tienen emociones”. Todos los hemos visto manifestar instintos como el miedo o la agresividad ante una amenaza, pero ¿son capaces de expresar sentimientos? El mismo estudio añade: “Cuando llega su juventud revelan el atributo más noble que los adorna: su enorme capacidad para sentir cálidos afectos”.
No nos debe costar creer que, tal como promete la Biblia, los seres humanos vivirán en armonía con los animales (léanse Isaías 11:6-9 y 65:25). ¿Por qué? Recordemos lo que Jehová les dijo a Noé y su familia cuando salieron del arca: “Un temor a ustedes y un terror a ustedes continuarán sobre toda criatura viviente de la tierra”. Este miedo instintivo les sirve de protección a los animales (Gén. 9:2, 3). Sin duda, Jehová puede eliminarles total o parcialmente ese temor para que su voluntad original se cumpla (Os. 2:18). ¡Qué fascinante será para quienes vivan en la Tierra!
“LIMPIARÁ TODA LÁGRIMA”
Al ver “todos los actos de opresión que se [estaban] haciendo bajo el sol”, Salomón se lamentó: “¡Mira!, las lágrimas de aquellos a quienes se oprimía, pero no tenían consolador” (Ecl. 4:1). Hoy día, las cosas están igual, o incluso peor. ¿Quién no ha derramado lágrimas en alguna ocasión? Cierto es que a veces podemos llorar de alegría, pero normalmente el llanto es el reflejo de un corazón que sufre.
Pensemos en algunos relatos bíblicos marcados por la emotividad y los sentimientos. Por ejemplo, “Abrahán entró a plañir a Sara y a llorarla” cuando ella falleció con 127 años de edad (Gén. 23:1, 2). Cuando Noemí se despidió de sus dos nueras viudas, en dos ocasiones “ellas se pusieron a alzar la voz y llorar” (Rut 1:9, 14). Cuando el rey Ezequías se enfermó y sabía que iba a morir, oró a Dios y “se puso a llorar profusamente”, lo que al parecer conmovió a Jehová (2 Rey. 20:1-5). ¿Y cómo no emocionarse al pensar en la ocasión en que Pedro, después de negar a Jesús, oyó cantar al gallo y “lloró amargamente”? (Mat. 26:75.)
Todos sufrimos desgracias —sean grandes o pequeñas—, y todos tenemos una enorme necesidad de recibir alivio y consuelo. Eso es justo lo que el Reinado de Mil Años les brindará a sus súbditos, pues la Biblia promete que Dios “limpiará toda lágrima de sus ojos, y la muerte no será más, ni existirá ya más lamento ni clamor ni dolor” (Rev. 21:4). Es maravilloso saber que la tristeza, el llanto y el dolor van a desaparecer. Pero Dios también ha prometido acabar con algo aún peor, el mayor enemigo de la humanidad: la muerte. ¿Cómo lo hará?
“TODOS LOS QUE ESTÁN EN LAS TUMBAS CONMEMORATIVAS [...] SALDRÁN”
Desde el pecado de Adán, la muerte ha reinado sobre la humanidad imperfecta como un enemigo invencible del que nadie ha podido escapar, una fuente de tristeza y dolor incalculables (Rom. 5:12, 14). Puede afirmarse que, “por temor de la muerte”, millones de seres humanos están “sujetos a esclavitud durante toda su vida” (Heb. 2:15).
La Biblia promete que “como el último enemigo, la muerte ha de ser reducida a nada” (1 Cor. 15:26). De esto se beneficiarán dos grupos. Por un lado, la “gran muchedumbre” que existe ahora tendrá la posibilidad de entrar con vida en el nuevo mundo y no tener que morir jamás. Por otra parte, los miles de millones de personas que ya han caído en las garras de la muerte podrán volver a la vida. ¿Se imagina la inmensa alegría que sentirán los miembros de la “gran muchedumbre” cuando reciban a los resucitados? Para hacernos una idea, leamos con atención algunos relatos bíblicos de resurrecciones (léanse Marcos 5:38-42 y Lucas 7:11-17).
Reflexionemos en las expresiones “estuvieron fuera de sí con gran éxtasis” y “se pusieron a glorificar a Dios” de los pasajes anteriores. Si hubiéramos estado presentes en esas ocasiones tan gozosas, es probable que también nos hubiéramos emocionado muchísimo. De seguro, ver vivos otra vez a nuestros seres queridos nos hará sentir una alegría indescriptible. Jesús dijo: “Viene la hora en que todos los que están en las tumbas conmemorativas oirán su voz y saldrán” (Juan 5:28, 29). Aunque la resurrección es una de “las cosas [...] que no se ven” actualmente, no hay duda de que será uno de los acontecimientos más inolvidables de la historia.
DIOS SERÁ “TODAS LAS COSAS PARA CON TODOS”
A quienes sean fieles a Jehová en estos tiempos críticos les aguarda un futuro maravilloso. Aunque aún no veamos esas gloriosas bendiciones, tenerlas siempre presentes nos ayudará a concentrarnos en lo que de verdad importa y no permitir que las distracciones de este mundo nos saquen del buen camino (Luc. 21:34; 1 Tim. 6:17-19). Hablemos con entusiasmo de nuestra anhelada esperanza cuando estudiemos y adoremos a Jehová en familia, cuando conversemos con los hermanos en la fe y cuando demos clases de la Biblia o proclamemos su mensaje. De este modo, dicha esperanza se mantendrá viva en nuestra mente y en nuestro corazón. Así fue como el apóstol Pablo animó a sus hermanos cristianos cuando, por decirlo así, los hizo viajar con la imaginación hasta el fin del Reinado de Mil Años de Cristo. Lo invitamos a reflexionar en el profundo significado de lo que escribió en 1 Corintios 15:24, 25, 28 (léase).
Pablo describió con acierto ese momento culminante al decir que Dios será “todas las cosas para con todos”. ¿Qué significan esas palabras? Antes de pecar, Adán y Eva formaban parte de la familia universal de Dios y vivían en paz y armonía con ella. Jehová, el Soberano Universal, gobernaba directamente toda su creación, tanto a los ángeles como a los seres humanos. Ellos podían adorarle y comunicarse personalmente con él, y Jehová los bendecía. En efecto, él era “todas las cosas para con todos”.
Esa relación se vio truncada cuando los seres humanos se dejaron influir por Satanás y se rebelaron contra la soberanía de Jehová. No obstante, el Reino mesiánico está tomando medidas desde el año 1914 para recuperar la unidad y la armonía (Efes. 1:9, 10). Durante el Reinado de Mil Años se harán realidad magníficas “cosas [...] que no se ven” todavía. A continuación vendrá “el fin”, es decir, la conclusión del Reinado de Mil Años de Cristo. ¿Qué sucederá después? Aunque a Jesús se le ha concedido “toda autoridad [...] en el cielo y sobre la tierra”, él no tiene la menor intención de usurpar el puesto de Jehová, pues no es ambicioso. Más bien, humildemente le “entrega el reino a su Dios y Padre”, empleando su autoridad y privilegiada posición “para la gloria de Dios” (Mat. 28:18; Filip. 2:9-11).
Para ese entonces, los súbditos terrestres del Reino habrán alcanzado la perfección. Imitarán el ejemplo de Jesús y se someterán de buena gana y con humildad a la soberanía de Jehová. A fin de demostrar su buena disposición, tendrán que superar una prueba final (Rev. 20:7-10). Por último, todos los rebeldes —humanos y espirituales— serán eliminados para siempre. ¡Qué momento tan gozoso! La familia universal al completo alabará feliz a Jehová, que será “todas las cosas para con todos” (léase Salmo 99:1-3).
¿Qué efecto tendrá en usted este análisis de las gloriosas promesas del Reino que están por cumplirse? ¿Concentrará su atención y sus energías en hacer la voluntad de Dios? ¿Resistirá la tentación de dejarse descarriar por las falsas esperanzas y las comodidades del mundo de Satanás? ¿Fortalecerá su determinación de apoyar y defender la soberanía de Jehová? En tal caso, demuestre con hechos que su deseo es hacerlo por toda la eternidad. Entonces tendrá el privilegio de disfrutar de paz y prosperidad durante mil años... ¡y muchos más!


INFLUENCIA DE LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN EN NUESTRAS VIDAS

El Diablo fomenta mentiras que, si nos descuidamos, podrían engañarnos. El Diablo nos miente al asegurarnos que " No hay nada bueno ni malo. Todo depende del cristal con que se mire". Los medios de comunicación y el mundo del espectáculo nos bombardean constantemente con esta idea, que nos anima a dejar de lado las normas divinas. Sin embargo, los seres humanos tenemos la imperiosa necesidad de recibir guía moral, y el único que nos la puede dar es Jehová (Jer. 10:23).



¿Cómo podemos evitar la trampa de “seguir a Satanás”? Obedeciendo los consejos de la Biblia. Veamos algunas sabias recomendaciones de Pablo a sus hermanos. Deben tener “mucho que hacer en la obra del Señor” (1 Cor. 15:58). El celo por la obra del Reino es un antídoto contra la pereza y la pérdida de tiempo (Mat. 6:33).


¿ES EL BRINDIS UNA COSTUMBRE CON TINTES RELIGIOSOS?



En las bodas, así como en otras reuniones sociales, es frecuente hacer brindis. En el año 1995, una obra especializada señaló que el brindis “es una práctica social que probablemente se remonta a las antiguas libaciones, sacrificios en los que se ofrecía un líquido sagrado a los dioses [...] a cambio de un deseo, elevando una súplica que se resume en las palabras ‘¡que sea por muchos años!’ o ‘¡a tu salud!’” (International Handbook on Alcohol and Culture).
Es cierto que muchos no consideran el brindis un gesto religioso ni una superstición. Sin embargo, la costumbre de alzar la copa pudiera verse como una súplica al “cielo”, o a una fuerza sobrenatural, para pedir algún favor. Esta forma de solicitar una bendición no está de acuerdo con las Escrituras (Juan 14:6; 16:23).
Brindar con una copa de vino (o de otra bebida alcohólica) es una práctica antigua y muy difundida, si bien el procedimiento puede variar ligeramente de un lugar a otro. Por ejemplo, a veces se hacen chocar las copas, y quien propone el brindis suele desear a alguien felicidad, salud, muchos años de vida o cosas semejantes. Por su parte, los demás tal vez expresen en voz alta su asentimiento o levanten las copas y beban un sorbo de vino. Aunque a muchas personas les parezca una costumbre inofensiva o un simple acto de cortesía, los testigos de Jehová tienen buenas razones para no participar en los brindis.
No es que el cristiano no desee que los demás disfruten de felicidad y buena salud. De hecho, el cuerpo gobernante del siglo primero concluyó una carta dirigida a las congregaciones con una palabra que puede traducirse por “buena salud a ustedes”, “que estén bien” o “que sigan bien” (Hechos 15:29). Además, algunos siervos de Dios dijeron a reyes humanos: “¡Viva mi señor [...] hasta tiempo indefinido!”, y también: “¡Viva el rey mismo hasta tiempo indefinido!” (1 Reyes 1:31; Nehemías 2:3).
Sin embargo, ¿qué origen tiene la costumbre de brindar? La Atalaya del 1 de marzo de 1968 citó las siguientes palabras de la Encyclopædia Britannica (1910), tomo 13, página 121: “La costumbre de beber ‘a la salud’ de los vivos muy probablemente se deriva del antiguo rito religioso de brindar por los dioses y por los muertos. En las comidas, los griegos y los romanos efectuaban libaciones [derramaban vino o licores] en honor de sus dioses, y en banquetes ceremoniales brindaban por ellos y por los muertos”. Esa misma enciclopedia añade: “Íntimamente relacionado con estas costumbres de beber casi sacrificiales tiene que haber estado siempre el acto de brindar por la salud de hombres vivos”.
¿Sigue siendo válida esta afirmación? La obra International Handbook on Alcohol and Culture, editada en 1995, comenta: “[El brindis] es probablemente un vestigio seglar de las antiguas libaciones sacrificiales en las que se ofrecía un líquido sagrado a los dioses: sangre o vino a cambio de un deseo, una oración resumida en las palabras ‘¡larga vida!’ o ‘¡a tu salud!’”.
Hay que admitir que el hecho de que una cosa, figura o práctica tenga su origen en antiguos ritos paganos o guarde cierto paralelo con ellos no siempre la hace inaceptable para los adoradores verdaderos. Pongamos por caso la granada, fruta mencionada en la Biblia. Una reconocida enciclopedia bíblica comenta: “Parece que algunas religiones paganas también usaron la granada como símbolo sagrado”. Aun así, Dios mandó adornar con granadas de hilo el dobladillo de la vestidura del sumo sacerdote, y también se empleó ese diseño para decorar las columnas de cobre del templo de Salomón (Éxodo 28:33; 2 Reyes 25:17). Por su parte, los anillos de boda tuvieron una vez un significado religioso. No obstante, la mayoría de la gente no sabe tal cosa, de modo que considera que un anillo de boda es simplemente una indicación de que quien lo lleva está casado.
¿Qué se puede decir sobre el consumo de vino en conexión con actos religiosos? Por ejemplo, hubo una ocasión en que los hombres de Siquem —que adoraban a Baal— “entraron en la casa de su dios y comieron y bebieron e invocaron el mal contra Abimélec”, hijo de Gedeón (Jueces 9:22-28). ¿Cree usted que alguien leal a Jehová habría bebido con ellos, quizá invocando a un dios falso para que perjudicara a Abimélec? Acerca de los numerosos israelitas que en cierto período se rebelaron contra Jehová, el profeta Amós dijo: “Se estiran al lado de todo altar; y el vino de los que han sido multados beben en la casa de sus dioses” (Amós 2:8). ¿Habría hecho eso un siervo verdadero de Dios, ya sea que el vino se derramara en honor de los dioses o sencillamente se bebiera en esas circunstancias? (Jeremías 7:18.) ¿Cree que un adorador de Jehová habría alzado una copa de vino para pedir a algún dios que actuara a favor de alguien o bendijera su futuro?
Es de interés que hubo ocasiones en que los siervos de Jehová alzaron las manos hacia el cielo para pedir que sucediera algo bueno. Pero las alzaron al Dios verdadero. Por ejemplo, leemos que “Salomón procedió a ponerse de pie delante del altar de Jehová [y] extendió las palmas de las manos a los cielos; y pasó a decir: ‘Oh Jehová el Dios de Israel, no hay Dios como tú [...]; y dígnate oír tú mismo en el lugar de tu morada, en los cielos, y tienes que oír y perdonar’” (1 Reyes 8:22, 23, 30). De forma parecida, “Esdras bendijo a Jehová [...], a lo que todo el pueblo contestó: ‘¡Amén! ¡Amén!’, con el alzamiento de las manos. Entonces se inclinaron y se postraron ante Jehová” (Nehemías 8:6; 1 Timoteo 2:8). Es evidente que estos siervos fieles no alzaron las manos hacia el cielo para implorar el favor de algún dios de la buena suerte o algo así (Isaías 65:11).
A muchas personas que hoy participan en los brindis quizá no les parezca que estén pidiendo el favor o la bendición de algún dios, pero tampoco pueden explicar por qué alzan su copa de vino hacia el cielo. Sin embargo, el hecho de que tales personas ni siquiera piensen en ello no es razón para que los cristianos verdaderos se sientan obligados a imitarlas.
Es bien sabido que, en otras situaciones, los testigos de Jehová tampoco realizan gestos que la mayoría de la gente sí efectúa. Por ejemplo, muchas personas saludan emblemas nacionales, como la bandera, y no ven en ese gesto un acto de adoración. Los cristianos verdaderos no interfieren en lo que los demás hacen, pero ellos mismos no efectúan tales saludos. Si saben en qué momento puede tener lugar alguna de esas ceremonias, muchos Testigos actúan con discreción para no ofender a los presentes. En cualquier caso, los siervos de Dios están decididos a no llevar a cabo gestos o saludos de carácter patriótico, pues estos violan los principios bíblicos (Éxodo 20:4, 5; 1 Juan 5:21). Es cierto que quizá muchas personas no consideren que brindar sea un gesto de carácter religioso. Aun así, hay razones válidas para que los cristianos no participen en los brindis, ya que esta práctica tiene raíces religiosas e incluso hoy puede ser considerada como una solicitud de favor a ‘los cielos’, como si se pidiera la ayuda de una fuerza sobrenatural (Éxodo 23:2).